¡La esperanza de una nueva vida!  

Por Anna Zarnecki de Santos Burgoa 

Ya son 30 años los que he acumulado como voluntaria, 30 años de experiencia, aprendizajes y entrega incondicional hacia los demás; ello me ha permitido vivir con la fortaleza suficiente para dejar de lado las amargos recuerdos que trae a mí haber sobrevivido la Segunda Guerra Mundial.

Nací en Polonia, en Turmont, en el estado de Vilno, en una hacienda que poseía mi abuelito Piotr; del matrimonio Zarnecki y Skórko nacieron dos hijas Anna y Helena, mi hermana mayor, quien casi toda mi vida fuera la persona que me llenó de apoyo espiritual y moral; desde el quinto año de escuela un mundo desconocido se abrió ante mis ojos, pues sentí una alegría indescriptible al pintar una traza y una manzana.

Aquellos felices días de mi infancia, de pronto terminaron con la espantosa noticia de la radio que anunciaba el estallido de la guerra contra los alemanes; el ruido de los tanques rusos tensaba el ambiente y hacía parecer que aquella alegría se había esfumado por completo en los brazos de la angustia. Con ojos desorbitados vi cómo cambió el mundo cuando los rusos saqueaban la hacienda y nosotros nos quedábamos sin nada.

Un día los soldados con fusil en mano nos desterraron y tuvimos que abandonar todos lo que nos quedaba y emigrar a Siberia, ahí concentraron en nuestras manos todo lo que eran trabajos forzosos, superiores a nuestras fuerzas; sin embargo, lo más terrible fue el hambre y lo cerca que estaba la muerte en los campos rusos donde todos los polacos luchábamos por el alimento.

Cuando caía enferma por hambre, a los pocos días me di cuenta que Dios siempre me había cuidado y llegó la ayuda de la Cruz Roja Internacional; mi padre se enlistó en el ejército polonés que se formó en el sur de Rusia, gracias a ello salimos de la colectividad “La llave Negra” y llegamos Persia, a la India y finalmente en 1943 pise tierras mexicanas.

Cuando llegue a León, Guanajuato (México) sentí la libertad, la posibilidad de volver a estudiar perecía un sueño; la crueldad del fin de la guerra fue un golpe inesperado, pero no regrese a Polonia porque quedó en manos del comunismo, por lo que la esperanza de volver a mi tierra se desvanecía por completo. Me fue difícil empezar la vida en un país desconocido.

Me quedé en México, porque el cariño que sentimos cuando nos recibió México no lo sentimos en ningún país, nos recibieron con música, las señoras nos abrazaban y nos enseñaban el cielo diciéndonos que Dios nos iba a premiar por todo y que tuviéramos fe y que Dios nos iba a ayudar; después inicié y culminé mis estudios de enfermería en la Cruz Roja Mexicana, conocí a Jesús con quien más tarde me espose.

Mientras me desenvolvía en las tareas del hogar y cuidaba a tres hermosos hijos (Eduardo, José Alberto y Carlos) tomé lecciones de piano, pintura e historia del arte, todo ello devolvió la alegría a mi vida, más tarde para complementar esta nueva vida me integré como voluntaria a la Cruz Roja Mexicana.

El tiempo que mis hijos permanecían en la escuela lo aproveché para prestar mis servicios en la embajada de Polonia y ello me permitió desarrollarme profesionalmente mediante el trabajo voluntario dentro de la Cruz Roja. Aquí me incorporé primeramente al Comité de Eventos Internacionales, continué mi labor en el hospital pasando por emergencias y curaciones, más tarde forme parte del Comité Nacional de Damas, y actualmente me desenvuelvo como Presidenta del Comité de Asuntos Internacionales; hasta hoy he entregado 30 años de mi vida al trabajo voluntario y he recibido 30 años de satisfacciones.

Los voluntarios que se preocupan por la gente demostrando cariño sin egoísmo son personas que han descubierto la llave de la felicidad real ya que la gente que se da a la ayuda al prójimo, recibe la bendición de la armonía interna sintiendo una fuerza, una energía, un espíritu en sus vidas que dan un propósito a sus días sobre la tierra. Este espíritu nos ayuda a ordenar la mente, traer la armonía interior y la forma a nuestras más altas aspiraciones de hacer el bien a los demás y amarlos y respetarlos.

En el camino del Voluntariado encontramos satisfacción espiritual, proyectándonos a nosotros mismos al sentirnos necesitados y apreciados; algunos creen que por su labor de ayuda al necesitado recibirán bendiciones adicionales, para otros más representa un deber con la sociedad pero en realidad es un acto de amor.

Si nos diéramos todos a la ayuda humanitaria cambiaría el mundo así como la vida de cada uno de nosotros. Pero el voluntariado no es solo dar sino es también recibir el amor y gratitud de los que estamos ayudando y es lo que enaltece nuestra autoestima. Darnos a los necesitados emerge en nosotros un sentimiento de identidad más fuerte y mejor definido que nos hace valorar la vida y el mundo en el cual nos tocó vivir.

El trabajo voluntario refuerza la autoaceptación, la transferencia emocional; al dar amor y preocuparnos por los demás, recibimos amor, gratitud y aceptación. El sentirnos útiles a la humanidad, nos eleva acrecentando nuestra autoestima y el sentimiento de haber cumplido con la sociedad y con el deber que hemos comprometido alcanzar.

Mis vivencias personales y profesionales han sido plasmadas en mi obra pictórica, han sido mi inspiración, a través de ella transmitió mi sentir y parecer respecto a la injusticia, la ayuda humanitaria y la responsabilidad social que debemos asumir todos y cada uno de nosotros. Asimismo estoy orgullosa por haber plantado la semilla del ejemplo en mi familia porque mis hijos y nietos ya son voluntarios.

“Me acosté y soñé que la vida era bella, desperté y me di cuenta que es un deber”
Ellen S. Hoope.  

Fuente: www.hacesfalta.org.mx